Comunicacación
Ese acto de expresar información, ideas o pensamientos de un ser a otro.
Qué fácil suena dicho así… pero qué difícil resulta, y cada vez más, hacerlo medianamente bien.
Es increíble la capacidad del ser humano para crear algo capaz de transformar la vida, transmitirlo a toda la sociedad, perfeccionarlo hasta límites insospechados, convertirlo en un arte, desarrollar nuevas formas a medida que avanza la tecnología —como el lenguaje cinematográfico, por ejemplo—, elevarlo al máximo nivel de excelencia… y después saturarlo, malversarlo y deteriorar su propia creación hasta extremos igualmente insospechados.
Y creo que eso es exactamente lo que está pasando con la comunicación.
Va a ser verdad aquello de la ley de la oferta y la demanda: cuanta más oferta tenemos para comunicarnos, menos demanda parece haber de hacerlo correctamente.
Me explico.
Hoy vivimos en un mundo hiperconectado con miles de canales desde los que podemos hablar con un sueco al que le gustan los corridos mexicanos mientras debatimos si ha probado un exquisito khao pad tailandés.
Y por eso creemos que estamos en la era dorada de la comunicación.
Pero no.
Esa es la era dorada de la globalización.
Porque comunicarse —lo que es comunicarse de verdad— tengo la sensación de que cada vez lo hacemos peor.
Y me pongo a mí mismo como ejemplo de mala praxis, para que esto sirva también como ejercicio de autocrítica.
Muchas veces me encuentro con colaboradores o compañeros de equipo escribiéndome por distintos canales (mail, WhatsApp) sobre un mismo tema, algo que lejos de hacer la comunicación más eficiente la vuelve más caótica.
“Oye, te he enviado un mail diciéndote esto…”
En ese momento el foco del correo ya se pierde y terminamos hablando por WhatsApp de algo que sería mucho más práctico resolver por la vía original con un poco de paciencia.
Pero pongo algunos ejemplos más:
“Oye, es que te ha hecho el doble check… y no me has contestado en 15 minutos…”
Alargamos conversaciones que podrían resolverse en una llamada de dos minutos en interminables hilos de mensajes, muchas veces por el simple miedo a usar el teléfono para llamar.
También están los audios eternos, que valoran mucho la comodidad de quien los envía, pero bastante menos el tiempo de quien los recibe.
La enorme cantidad de herramientas y posibilidades para comunicarnos está provocando que la comunicación sea cada vez menos precisa, menos adecuada para cada situación y, sobre todo, menos confiable.
Imagino que antes, cuando alguien tenía que enviar una carta para contar una una situación concreta de una punta a otra del reino, o para expresar su amor a una persona que estaba a miles de kilómetros —y cuya única señal de que seguías vivo era esa carta—, la gente sería mucho más precisa y le pondría algo más de cariño y atención.
Seguramente sabían adaptarse mejor al momento comunicativo y, por supuesto, aquello que escribían tenía peso, y se aseguraban de que los objetivos comunicativos estaban claros antes de darle a “enviar”.
Entre otras cosas porque no podían mandar una paloma mensajera después para preguntar si la carta había llegado.
Por eso creo que, aunque hoy tengamos más posibilidades, más lenguajes —los emojis no dejan de ser uno—, más canales y más accesibilidad, no deberíamos olvidar algo fundamental:
Si el emisor hace un esfuerzo mediocre por construir un buen mensaje y el receptor cada vez dedica menos atención a comprenderlo, acabaremos todos perdidos en el ruido.
Y no queremos eso.
Comunicarnos bien tiene mucho que ver con saber leer a la otra persona, empatizar, entender el momento comunicativo, saber cuánto decir… o incluso si es el momento de decir algo.
Tiene que ver con entender lo que el otro no nos dice con palabras si no con los ojos, con expresar mejor lo que nosotros sentimos y con tomar decisiones que ayuden a que esa conversación construya algo positivo.
Por eso en Limbip trabajamos precisamente estas habilidades. Para que, aunque dentro de 10 años los canales hayan cambiado, sigamos teniendo clara nuestra voz, atentos nuestros ojos y abiertos nuestros oídos para entender a los demás y no perdernos en el ruido.
Si quieres conocer mejor cómo lo hacemos en colegios y familias, puedes descubrir aquí nuestro programa.
Si quieres que te contemos cómo lo intentamos cada día y como ayudamos a los centros, te lo explicamos con detalle:
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